Nuestra memoria es frágil. Al ver una película podemos
olvidar los diálogos más importantes, algunos detalles de la historia, incluso
podemos confundir el orden de los acontecimientos. Sin embargo, algunas
imágenes jamás se nos olvidarán.
Lo menos que le podemos pedirle a una película es que nos
deje imágenes memorables. Podemos estar ante una obra con un guion deficiente,
malas actuaciones o problemas técnicos, pero si al menos vemos una secuencia
con imágenes memorables podríamos decir que no hemos perdido del todo nuestro
tiempo.
En muchas películas encontraremos fotogramas representativos
que nos impactarán de tal forma que los espectadores las recordaremos por toda
nuestra vida con mucha estima y hasta con nostalgia.
Obviamente, no siempre esas imágenes se fijan en la memoria
recurriendo únicamente al impacto visual de una buena fotografía, sino también
con la ayuda de los efectos de sonido, la música, la iluminación o algún
diálogo inteligente.
Por ejemplo, la famosa escena de los heridos en la batalla
de Atlanta en Lo que el viento se llevó (1939).
La cámara alejándose acompañada de la música dramática nos va mostrando poco a
poco un horrible y gigantesco escenario de dolor.
En las obras maestras siempre vamos a encontrar imágenes
memorables. De las películas dirigidas por Godard podríamos mencionar a Anna
Karina sosteniendo unas tijeras frente a la cámara en Pierrot le fou (1965), a Jean Paul Belmondo corriendo herido en la
secuencia final de Al final de la escapada (1960) y por supuesto, a Brigitte
Bardot desnuda haciéndo preguntas sobre su cuerpo a su esposo mientras la
imagen cambia de rojo a azul en El
desprecio (1963).
Con los hermanos Coen las imágenes memorables son
innumerables. La escena final de A serious Man, Tommy Lee Jones
contando su sueño en el final de No country for old men, John Goodman corriendo entre las
llamas en Barton
Fink (1991) o la aparición de Jesus Quintana en El gran Lebowski, entre muchas otras.
Pero también existen películas terribles que al menos
lograron construir imágenes poderosas. Es el caso de Simple Men (1992), dirigida por Hal Hartley. Una mala película de
las muchas que se hicieron en el cine independiente de los años 90. Las
actuaciones son demasiado teatrales, la fotografía mediocre y el guion está
repleto de acartonadas reflexiones sobre la vida. Sin embargo, hay una gran escena
de baile que es un homenaje a Band apart
(pero también es una escena funcional porque ayuda al desarrollo de la
historia). Es lo único rescatable del filme.
Si existiera un tribunal cinematográfico quemaríamos la
película (y al propio Hartley por sus diálogos pretenciosos), pero salvaríamos solo
esta secuencia.
Y ahora veamos algo más comercial. ¿Por qué el Spiderman de Sam Raimi es superior al de
Marc Webb? Sí, eso mismo, por las imágenes. El odiado Peter Parker de Tobey
Maguire ha legado a la cultura popular el beso en la lluvia con Kirsten Dunst,
la secuencia del aprendizaje de sus
superpoderes y la escena en la que detiene
el tren para salvar a los pasajeros. Todas ellas quedarán para siempre en
la memoria de la gente.
Del otro Spiderman (el de Webb) solo queda la escena de la muerte de Gwen Stacy, que
extrañamente no es lo suficientemente impactante. Y su kiss scene es sosa si la comparas con la de Raimi.
Finalmente, mencionaremos a Whiplash (2014), una película formidable y muy sensorial. Las
escenas con imágenes memorables abundan en esta segunda obra de Damien Chazelle,
pero quiero resaltar la toma en que J. K. Simmons mira al protagonista en la
escena final: un primer primerísimo plano de sus ojos.
Esta imagen que vemos por apenas unos segundos es la
resolución de la historia, se consuma la reconciliación entre el maestro y el
alumno en la sonrisa de complicidad que esboza J. K. Simmons. Solo vemos sus
ojos, pero por el movimiento de las cejas y los músculos de la cara sabemos que
sonríe. Basta con eso para crear un momento de mucha fuerza, un sutil éxtasis
de su amor por la música.